martes, abril 05, 2011

Juan Bañuelos...


Antes los testimonios guardaban mayor fidelidad.
El poder era el día y del oráculo, las voces
del sueño se convertían en guijarros.
                                                           Ahora
No hay fechas, solo un suceso continuo
entre los párpados de las IBM.

Sin embargo, Darío, recién venida la noche,
ordenó a sus ejércitos persas abandonar
-junto a sus asnos amarrados-
a los escitas inválidos o heridos
y partir rumbo a las llanuras
con prisa para llegar a sus lares.

Regresan los yets de sus misiones,
traen bajo las alas el reflejo de las aldeas en llamas.
Algunos barcos zarpan de vuelta, se apresuran los jefes
en separar sobre cubierta a los blancos de los negros
y las mesnadas de puertorriqueños y chicanos
salen de la reserva.

Las Naciones Unidas, negociando la paz,
vieron cruzar siete parejas de halcones
tras dos parejas de palomas, desplumándolas
y desgarrándolas.
                        Esto bastó para aprobar
y alabar las acciones bélicas de los persas.

Ayer
viendo que sus maridos tardaban en volver en la contienda,
las mujeres se acoplaron interinamente con sus criados,
tuvieron hijos que ahora, a la vuelta de los guerreros,
les salen al encuentro.
Nada ha pasado: el mismo ritmo, el mismo tabaco,
las mismas salchichas y el mismo jamón Virginia.
Pero en el país, más allá del viento
las venas de las yeguas se hinchan como vasijas cóncavas,
las granjas y las hierbas se agostan pro los experimentos
y manadas de soles extintos se mecen
en el vientre contaminado de los mares.
Los adivinos llegan y procuran hallar
la enfermedad extraña del que ha vuelto:
Por lo pronto, valium 10,
después vendrá un severo tratamiento
para los males venéreos.
(El veterano pensionado
sale hoy para Acapulco, la Costa Azul o el Mar Egeo.)

Y regados los huesos de cada uno de los caídos
en la batalla, los huesos de los persas son
de tal manera frágiles que con un guijarro
se podrían quebrar. Y al contrario,
los huesos de sus enemigos son fuertes,
que desde niños se afeitan la cabeza
y siembran bajo el sol, endureciéndose
para la guerra.

Y el telégrafo, que ahora sirve
para comunicarse con los muertos,
vuelve a informar de una nueva invasión de los persas.
En el séptimo año incendiada la mies
por el ejército, con el viento se aviva
alcanzando los templos y ciudades.

Cuando alrededor de las fogatas
algún combatiente habla del retorno,
los demás solo esconden su rostro entre la noche. 


"Vuelven a casa los guerreros" de Espejo Humeante, 1969.


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