jueves, julio 26, 2007

Rubén Bonifaz Nuño

J

Ningún otro cuerpo como el tuyo
Vino a salir sobre la tierra,
Porque él eres tú. Domingo diario,
Simposio y lecho y mesa puesta
Para los sentidos no platónicos.

Sin verte ni oírte, voy formándole
El molde de un instante tuyo;
El estuche justo, tu morada.
Espacio puro, impenetrable,
Donde guardarlo aprisionado.

Siguiendo los innumerables
Peldaños infinitesimales
De tu olor, bajando y ascendiendo,
Las superficies reconozco,
Maravilladas, de tu cuerpo.

Hueles a escollo soleado,
A huertas en la sombra, a tienda
De perfumes; a desierto hueles,
A tierra grávida, a llovizna,
A carne de nardo macerada,
A impulsos de ansias animales.

Y cada aroma halla respuesta
En un sabor que lo sostiene,
Y el regusto de la sal, el agrio
Del fruto en agraz; dulcísimo,
El del fruto maduro y pleno,
El amargor donde floreces,
Mezclándose, ardiendo, disolviéndome;
Hacen de ti un sabor; el único
Sabor, el que te vuelve en suya.

Y con él completo la armadura
Del perfecto espacio: tu recinto
Inequívoco, el sitio de ti misma.

1 comentario:

Raúl H. Pérez dijo...

Muy buen texto.